Augusta Foss de Heindel

sábado, 25 de septiembre de 2010

La cuna de la Religión (Segunda parte) (Carta de la Sra. Heindel a los estudiantes, de 1 de septiembre de 1930)


La cuna de la Religión (Segunda parte)
(Carta de la Sra. Heindel a los estudiantes, de 1 de septiembre de 1930)


El tiempo de Moisés, cuando los israelitas fueron unificados, es considerado como el período creador en la historia de la religión occidental. Fue éste el fundamento de una época religiosa nueva y, después, grandes profetas aparecieron en el mundo, dando a este tiempo mayor distinción y edificando sobre las formas mosaicas de la religión. Bien pudiéramos decir que ayudaron a construir la carne alrededor de los huesos o esqueleto, que fueron, en verdad, formados por Moisés y sus seguidores inmediatos.

Moisés no fue el primero que dio a conocer la religión del Dios Jehová, pero edificó en derredor de ese Dios una nueva fórmula de adoración. Se construyó un santuario primitivo, que Jehová usaba como trono, y los diez mandamientos constituyeron el fundamento sobre el cual descansó la instrucción religiosa de aquel Dios. Para los israelitas, Jehová era un Dios viviente, belicoso y vengativo, que todos hacían bien en temer. Esta raza pueril, un pueblo primitivo que era cual
niño en sus creencias y comprensión de los asuntos superiores, no poseía una historia escrita de la religión. No tenía Biblia, tal como la que hoy tenemos, pero recibía instrucciones por vía de la palabra hablada. La religión se les enseñaba por inspirados sacerdotes y profetas, por medio de canciones, salmos, antiguas inscripciones encontradas en las losas, etc. La historia de la creación se completó con fragmentos, un hilo de aquí y otro de allá que, paulatinamente, fueron entrelazados para formar la historia de la creación, tal como se da en el Génesis.

Parece que Abraham y sus descendientes fueron destinados a hacer una colección de verdades espirituales. Isaac y Jacob merecen especial honor por la loable labor que realizaron en el establecimiento de la religión aria. Este conocimiento religioso se impartió a sus descendientes mas, debido a la apostasía y a las prácticas idolátricas, la fe en un solo Dios había casi desaparecido cuando Moisés empezó a reunir los fragmentos de estas antiguas verdades. Mandó edificar un santuario material para darle morada, pues sólo lo que los ojos podían ver y las manos tocar, alcanzaba a hacer impresión duradera en la mente infantil de aquella primitiva raza. La mayoría de los hebreos no creían en un Dios. Sus dioses les eran conocidos únicamente por medio de sus ídolos, de los que había muchos y de varias índoles. La Biblia registra el hecho de que Aarón hizo un altar y puso sobre él un becerro de oro, que fue objeto de adoración por parte de los hebreos, mientras su caudillo, Moisés, recibía la Ley en comunión con el Dios de la raza, Jehová, en el Monte Sinaí. Sin embargo, éste era el pueblo escogido, destinado a ser el portador de la nueva religión, la religión del cordero, Aries. Se les destinó a ser la raza-raíz de la Época Aria, pero la religión antigua, la del becerro, del toro, de Tauro, de vez en cuando surgía, entre los más rezagados de este pueblo de antaño.

Cada vez que el sol, por precesión, entra en un nuevo signo del zodíaco, lo que tiene lugar, aproximadamente, cada 2.065 años, una raza-raíz se escoge para introducir una nueva forma de religión; pero estos períodos se solapan y los pueblos, así como las formas de religión, mudan de manera paulatina, como bien nos damos cuenta al leer el Antiguo Testamento. Cuando el mundo empezaba a prepararse para la época de Piscis, profetizó Isaías ese cambio, más de seiscientos años antes de Cristo y, ya en aquel tiempo tan temprano, predijo el advenimiento de la Virgen y del Niño, el ideal religioso de la nueva época que habría de venir. Profetizó respecto del nuevo Mesías que reinaría por siempre jamás:

“Y saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces. Y reposará sobre él el espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová. Y harále entender diligente en el temor de Jehová. No juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que oyeren sus oídos, sino que juzgará con justicia a los pobres y argüirá con equidad por los mansos de la tierra; y herirá la tierra con la vara de su boca y con el espíritu de sus labios matará al impío. Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad, ceñidor de sus riñones. Morará el lobo con el
cordero, y el tigre con el cabrito se acostará, el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos y un niño los pastoreará.”

La Biblia, las enseñanzas de cuyos cinco primero libros se atribuye a Moisés, fue ampliada, de vez en cuando, por los profetas, que iban agregando los conocimientos que iban recibiendo de fuente divina por medio de la Iniciación. En aquel entonces, la mente del hombre estaba más propicia, más cercana al reino espiritual, que ahora, y más capaz, por tanto, de entrar en relación con los Maestros Divinos. Por eso el Antiguo Testamento nos habla de tantos profetas, sinceros y fervorosos, que recibían dirección de lo alto. Estos profetas, se nota fácilmente, se mencionan menos a medida que se acerca el fin del Antiguo Testamento. Gradualmente, se añadieron libros y la Biblia se ampliaba cuando estos inspirados profetas aparecían para preparar el advenimiento del Señor, aquel Señor Jesucristo que habría de ser el pilar verdadero de la religión de la venidera Época de Piscis.

La Virgen y su Niño representan el sigo opuesto a Piscis, es decir, Virgo; y, durante el período de la religión pisceana, el ideal de la maternidad habría de ser elevado y reverenciado. Así pues, durante todo este período pisceano, observamos que la mujer es la verdadera inspiración y potencia de la iglesia. Podemos, pues, notar un diseño religioso que pasa por el entero sistema de religiones, y por virtud del cual, la preparación de una nueva religión se incluye en la antigua, preparando y acomodando la vieja religión a la nueva, a fin de que se adapte a los cambios que se efectúen en el cosmos.

Con los grandes cambios mundiales, ocasionados por la peregrinación precesional del sol al pasar de un signo a otro, tienen lugar transformaciones importantísimas en la propensión mental de la gente, que requieren, naturalmente, una variación paralela en la forma de adoración. El astrólogo describe el temperamento de los diversos tipos de individuos que nacen bajo la influencia de los diferentes signos del zodíaco, describiendo al tauriano, por ejemplo, como una persona estólida, terca, malhumorada, pero muy amante de la familia. La gente que vivió durante la última parte de la época Atlante fue gobernada por el signo de Tauro, cuando imperaba la adoración del toro y del becerro. Luego, vino el signo del cordero, Aries, y encontramos a los agresivos y bélicos arios, gobernados por Marte.

Fueron los semitas originales que, por medio de la guerra y el derramamiento de sangre, lucharon por la libertad. El ario es siempre caudillo, nunca un simple seguidor, y así encontramos que la paternidad de la religión occidental puede atribuirse al antiguo pueblo ario. Y veremos dos tipos distintos de hombres, representando las influencias de los dos signos, Tauro y Aries, tipos que aparecen a lo largo de todo el Antiguo Testamento. En él podemos, en verdad, seguir el sendero evolutivo de la religión y ver cómo todo se entrelaza con las influencias astrológicas ocasionadas por el paso del sol, por precesión, a través de estos dos signos. Podemos observar las mentes y las vidas, así como las leyes y la religión, cambiando y amoldándose, de conformidad con el temperamento del signo que domine en cada período concreto.

Durante la Época Aria, los seguidores de Moisés, y también los caudillos espirituales que ayudaron en la formación de la religión posterior, comprobaron que era sumamente difícil hacer que la gente siguiera bajo su dirección, pues parecía que siempre andaba en busca de otros dioses y caudillos. Mas, un cambio radical se observa después de que el sol, por precesión, entró en el orbe del negativo y acuoso signo de Piscis. No fue hasta el primer siglo después de Cristo, menos de cien años antes de que fueran aceptados oficialmente los recopilados libros del Antiguo Testamento y que la Biblia Judía aumentada fuera aceptada pro la iglesia hebrea, que el historiador Josefo (38 a 100 después de Cristo) ocupó algunos años estudiando con los esenios en el desierto. Después, cuando se adhirió a los fariseos, hizo una colección de historias hebreas, que más tarde tradujo al griego. Esta historia ha sido usada en el canon.

La recopilación de libros que forman el Antiguo Testamento y que fueron aceptados por la iglesia cristiana, no constituyen todos los libros sagrados. Lo cierto es que esta colección del Antiguo Testamento no está del todo completa, pues se han excluido buen número de valiosas profecías. Algunos de los escritos más inspirados se encuentran entre los libros apócrifos que las iglesias protestantes desdeñan. Estos escritos apócrifos se encuentran pletóricos de hermosas y útiles verdades espirituales. Mucha historia valiosa, por ejemplo, está escrita en los Macabeos, historia que llena un vacío entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. No obstante, algunas iglesias aún amenazan a sus fieles con el pensamiento de temor: “Dude usted cualquier cosa de la Biblia y se condenará, porque la Biblia es la palabra de Dios.” Además, reclaman que la Biblia es la palabra literal de Dios y que es infalible. Esto ha tenido como consecuencia directa el que muchos sinceros y devotos estudiantes se decepcionasen y se sintiesen instados a repudiar las enseñanzas de su iglesia, quedando así enemistados con la Biblia. Mas si, por ventura, se les hubiera enseñado que aceptasen la Biblia como una historia preciosísima del hombre, escrita por profetas santos e inspirados y conteniendo múltiples verdades esotéricas de alto valor, no cabe duda de que la hubieran aceptado con mayor beneplácito.

Si la Biblia se lee con estos pensamientos in mente, proporciona al buscador el ánimo y el ímpetu para buscar esas joyas de verdad que se ocultan en las páginas de este inspirado libro. Tomemos, por ejemplo, la parte desechada de la historia de los judíos, el apócrifo libro segundo de Esdras, que nos brinda algunas profecías veladas, cuya luz no han comprendido nuestros exégetas modernos. Estudiemos dichos sabios del Eclesiástico, especialmente el útil capítulo segundo, y recibiremos, tal vez, tanto auxilio y consuelo como nos suministran los escritos de Pablo en el capítulo doce de su Epístola a los Romanos.


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