Augusta Foss de Heindel

lunes, 4 de octubre de 2010

Constructores y destructores


Constructores y destructores 
(Carta de la Sra. Heindel a los estudiantes, de febrero de 1.930) 

El comienzo de la vida física se encuentra en una pequeña partícula de materia protoplasmática. Dentro de esta sustancia existe un núcleo que bien pude compararse a un pequeño grano de arena. Con sus poderosos instrumentos amplificadores, el científico ha descubierto que este núcleo es el asiento de la vida en la célula o en el zoófito. El núcleo se divide en dos partes; éstas se dividen en cuatro y, luego, en ocho, continuando de esta manera hasta que existan cientos de diminutas células vivientes. 
Huxley nos dice que el protoplasma del que se compone el cuerpo del zoófito constituye “la base física de la vida”. 
 La ciencia alega que cada célula viviente está cargada de 
electricidad; que toda célula, bien sea vegetal o animal, tiene método distinto de respirar, pero que esta electricidad y respiración dependen de la cantidad de oxígeno que la rodee. La ciencia sostiene, además, que cada célula viviente es una especie de mundo diminuto, un taller químico que abastece la vida a los cuerpos más grandes, que se edifican de células. 
 Ahora bien, contemplemos una célula particular, a saber, el óvulo 
humano. Ordinariamente la célula continúa reproduciendo su especie, luego muere, se desecha y es arrojada del cuerpo principal. Cuando el óvulo es vitalizado por la célula positiva, el zoospermo, se efectúa un cambio decisivo. La vida ha sido inyectada, la que, a la postre, se multiplica de una manera rotundamente distinta a la de otras célula. El óvulo y el zoospermo empiezan inmediatamente una forma nueva y viviente, que comienza su formación con dividirse en dos células, luego en cuatro, etc. Mas, estas células, en cierta etapa de su desarrollo, se dividen en grupos, cada uno de los cuales se aglomera alrededor de una célula nuclearia, la que parece dirigir la formación de los órganos, el sistema nervioso, la sangre, etc. Luego, con el tiempo, tenemos un ser humano perfectamente bien formado que, por la naturaleza, es echado al mundo físico, constituyéndose así en un cuerpo separado e individual, cuya vida dirige la actividad de los diversos grupos de células que integran el cuerpo. 
La ciencia ha comparado la vida en el cuerpo a un sistema 
eléctrico de baterías, pero jamás ha podido descubrir lo que proporciona la carga eléctrica. Con este descubrimiento la ciencia se granjearía in-meresibles laureles de gloria si, por ventura, se lograra por procedimientos materiales. Pero, como Max Heindel ha advertido tantas veces en sus obras, la ciencia llegará a comprender la fuente de la vida únicamente cuando se dedique al estudio de la ciencia oculta puesto que, lo que es en verdad, puede manifestarse tan sólo a quien alcance un alto grado de desarrollo. Hasta entonces podrá comprender la verdad de las leyes de la vida y el ser. Entonces sabrás que, tras la gloriosa y gran obra de la naturaleza, existe un plan definido de un arquitecto invisible, que es el poder que dirige y gobierna todas las oleadas de vida, y también la vida compleja e interesante del templo humano en que el Dios viviente se hospeda. 
 La vida que actúa en el cuerpo se divide en dos corrientes distintas. 
Hay células que son constructoras y existe otro grupo de germenes que bien pueden clasificarse como destructores. Mientras el hombre es joven y goza d cabal salud, las pequeñas células elementales constructoras son las más activas y las más abundantes; mas, cuando la vejez se aproxima y, cuando el cuerpo se fatiga y debilita por la demasía de trabajo o por los excesos, los microbios de que la ciencia médica nos informa y que son destructores, se multiplican de manera prolífica y tienden a efectuar la disolución del cuerpo físico. Pero estos germenes tienen una función particular que cumplir: son los “carroñeros” del cuerpo. Estos microbios 
o bacterias viven porque ingieren las impurezas del cuerpo y como 
limpiadores son de valor inestimable. Por ejemplo, cuando un hombre come demasiado y debilita su cuerpo de tal manera que menguan sus poderes de resistencia, le sobrevienen resfriados, barros, erupciones u otras de las múltiples enfermedades que agobian a la humanidad. Los diminutos microbios elementales se alimentan de las sustancias nocivas que se forman en el cuerpo del hombre. De esta manera pueden ser útiles obreros, mas también peligra el que se constituyan en destructores que engendren enfermedades si, por acaso, se multiplican abundantemente. Que no se les dé demasiado alimento del que extraigan su vitalidad y entonces fomentarán la salud; pero, que se les atraque, y entonces se trocarán en destructores. Los intestinos se llenan de materias 
nocivas y desechos, sustancias que procrean bacterias en grandes 
números, que arrojan tóxicos que acarrean la enfermedad. 
La ley que actúa en el cuerpo físico es la misma que obra con la 
tierra y la mantiene en su órbita y crea la armonía entre las criaturas del mundo. Hubo un tiempo en que el mundo fue una masa dentro del sol pero, después, cuando fue arrojado, se convirtió en un cuerpo evolutivo y viviente. En su interior y en su superficie cuenta billones tras billones de distintas especies de células en diferente etapa de evolución. Existen grupos de átomos o células minerales, teniendo cada grupo una labor determinada que desempeñar dentro del gran cuerpo de la tierra. Luego encontramos, más arriba, otro grupo de trabajadores. Están labrando su salvación con edificar y servir en el reino vegetal. Reciben su vida del reino mineral porque de él se alimentan. Las sustancias vegetales, cuando se desintegran, vuelven al reino mineral. Sirven y ayudan a mantener en vida y salud a las dos oleadas de vida superiores, a saber, el reino animal y el humano. 
 La obra de construir y destruir sigue su curso por doquier. 
Tomemos como ejemplo la jugosa fruta madura. Llegada a su estado final por la obra armoniosa de los dos ejércitos de vida celular, si, por ventura, un insecto la pica e inyecta su veneno a través de la cubierta de la fruta, este perjuicio interviene entonces en la vida de los obreros y empiezan su labor de destructores. Igualmente sucede cuando la fruta está demasiado madura: los obreros cesan en su labor y comienza la putrefacción. Este juego entre la vida y la muerte siempre se efectúa pues, en cada oleada de vida se suscitará una lucha entre estas dos fuerzas. Mientras exista armonía y equilibrio entre los constructores y los destructores, la vida continuará serenamente. Son de enorme necesidad ambos elementos, el positivo y el negativo pero, si el negativo alcanza el dominio sobre el positivo, sobreviene entonces discordia, 
enfermedad, decaimiento y muerte. 
 La lucha entre la vida y la muerte se efectúa no sólo en los cuatro 
reinos, el mineral, el vegetal, el animal y el humano, sino que la 
encontramos también en formaciones humanas tales como las naciones, las razas, las sociedades, así como en las familias. Por todas partes encontramos constructores y destructores en lucha para alcanzar la supremacía. Mientras los constructores permanezcan positivos, atraerán hacia ellos la salud, la prosperidad y el éxito. Si no existieran estos dos elementos, no habría adelanto ni progreso. Los hombres fuertes de cualquier nación se fortalecen por la oposición; los que vencen, se elevan; pero los que fracasan, se hacen débiles y caen. 
Condición semejante encontramos en la Fraternidad Rosacruz. 
Mientras era pequeña y estaba en su infancia, un hombre y una mujer lucharon solos para evitar que los destructores, la oposición, no le quitaran la vida. Desde entonces ha crecido sobremanera y después de esa pareja de obreros vinieron cientos de otros colaboradores y también algunos destructores. Cada Grupo de Estudio y cada Centro de la Fraternidad, por lo regular, empieza por la iniciativa de un miembro, que se constituye en la primera célula, a la que otros se adhieren y así se funda el Centro. Pero los obreros y los constructores en los Centros de aquella Fraternidad nunca están libres de los destructores y, cuando éstos logran el dominio, la disolución sobreviene y el Centro fenece. Pero, cuando los constructores se mantienen firmes e incólumes, aunque el 
Centro sufra y pase por períodos de discordia, esa perseverancia y 
lealtad salvará la vida del Centro. Además, esos constructores 
alcanzarán fortaleza y gran provecho de la lucha, mientras los 
destructores perderán una gran oportunidad que, quizá, no les vuelva otra vez. Y llegarán a comprender en vidas subsiguientes las deudas de destino en que por tan proceder incurrirán. Como un gran Maestro dijo a sus seguidores: “¡Ay del mundo por los escándalos! Porque, necesario es que haya escándalos pero, ¡ay de aquel hombre por el cual viene el escándalo!” 
 Acostumbramos hablar de la “materia muerta”. El hombre tiende a pensar que las piedras y los minerales están muertos porque son inertes. 
Pero el ocultista sabe que todo lo que se encuentra en el universo de Dios goza de vida. En realidad nada hay muerto, como cree muy a menudo el hombre pues, hasta el aire que respiramos está pletórico de billones de pequeños seres con vida. El éter es sustancia viviente de varios grados. El polvo que hollamos está lleno de diminuta vida celular. Cada célula tiene un trabajo particular, bien sea como constructor, bien como destructor. Y nosotros, podemos ser una rémora en su labor o podemos impulsarla. 
 Se nos ha dicho que nuestro cuerpo físico está compuesto de 
sustancia mineral, que mantiene en unión el ego y sus obreros mientras lo habite. Pero apenas el ego se retira y el cordón plateado se rompe, ese cuerpo físico empieza a derrumbarse y a pudrirse. Entonces es cuando las pequeñas células destructoras se multiplican y desempeñan su labor de volver la materia inútil otra vez al reino mineral. Cuando el cuerpo es enterrado en el suelo, la tierra, con el tiempo, reabsorbe la sustancia mineral que antes fuera el templo físico del espíritu. Cuando el cuerpo se embalsama y se coloca en un ataúd de metal, herméticamente cerrado, como se está popularizando tanto en nuestros días o, cuando e incinerado y las cenizas se guardan en una urna hermética en el lugar de la cremación, se obstruye la evolución de los átomos minerales puesto que, como hemos dicho, todo tiene vida y se encuentra en cierto estado de evolución, bien sea carne putrefacta o el ego del hombre. 
 Todas las cosas se ven obligadas a cumplir cierta misión y, bien 
sean constructoras o destructoras, todos tienen su trabajo que 
desempeñar en este gran plan de la evolución. El rey, en su trono, desde el que gobierna su reino, depende grandemente del hombre del desagüe, que le ayuda a conservar la salud de la ciudad y también contribuye así a que se conserve la salud del rey. Todos somos llamados a cumplir alguna misión en la vida. Todos somos parte integrante de la gran vida de Dios, incluso los más diminutos granos de arena.

 “No hay muerte. Las hojas de la selva 
 truecan en vida el aire invisible; 
 Las rocas se desintegran para alimentar 
 el musgo hambriento que soportan. 
 No hay muerte. El polvo que pisamos 
 se transformará, bajo las lluvias del estío, 
 en dorado grano o en jugosa fruta 
 o en flores de matices de arco iris” 

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